“¡Hay cadáveres enterrados bajo los cerezos!
Admito que me negaba a creerlo. Pero ¿de qué otro modo podría explicarse la belleza de la flor del cerezo? Me hallaba inquieto esos días porque no podía creer tamaña belleza. Pero ahora, finalmente he comprendido: bajo los cerezos hay cadáveres enterrados. No podía creerlo.
Cada tarde, de regreso a casa, de entre todas las cosas de mi habitación, es un objeto tan insignificante como la hoja de mi maquinilla de afeitar lo que obsesivamente me viene al espíritu, como si de una visión se tratara.
Has dicho que no sabías nada del asunto. Yo tampoco. Ciertamente, todo viene a ser la misma cosa.
Los árboles en flor, cuando alcanzan la plena floración, expanden a su alrededor un aura de misterio. Algo que recuerda la impresión de inmovilidad perfecta que da una peonza mientras gira o incluso una alucinación que acompaña siempre a una buena ejecución musical: la ilusión de la procreación ferviente, de la propia perpetuación que emana como un halo. Es una belleza extraña y llena de vida ante la que resulta imposible no emocionarse.
Si embargo, ayer y anteayer, esto fue precisamente lo que me puso terriblemente triste. Esa belleza se me aparecía como algo difícil de creer. Y en cambio me siento inquieto, melancólico, vacío.
Imagina por un momento que hay un cadáver enterrado bahi cada uno de estos cerezos que florecen de una forma tan exuberante. Creo que comprenderás mi malestar.
Cadáveres de caballos, cadáveres de perros, de gatos, cadáveres de seres humanos, todos en descomposición, atestados, hirviendo de gusanos que se arrastran, exhalando un hedor insoportable. Sin embargo, supuran gota a gota, un líquido parecido al cristal. Las raíces de los cerezos lo abrazan igual que un pulpo voraz y chupan ese líquido mediante sus radículas, como hacen las anémonas de mar con sus tentáculos.
¿De qué están hechos esos pétalos, de qué están compuestos los corazones de esas flores? Como en un sueño, me parece ver ascender en cortejo silencioso, por el interior de sus tallos, esa savia parecida al cristal que las radículas aspiran.
-¿Por qué adoptas ese aire de sufrimiento? ¿No existe acaso el arte admirable de la videncia? Por fin soy capaz de mirar fijamente las flores del cerezo; me siento liberado del misterio que me atormentaba ayer y anteayer.
Hace dos o tres días bajé al fondo del barranco y bordeé el riachuelo caminando sobre las piedras. De todas partes, llevadas por los remolinos de agua, nacían, cual Afroditas, efímeras que se elevaban danzando hacia el cielo, donde celebran, tú lo sabes, sus bellas bodas. Tras caminar unos instantes me encontré con algo singular. Allí estaba, sobre un pequeño charco en el arroyo parcialmente seco. Toda su superficie refulgía con un brillo inesperado, como si fuese una mancha de aceite. ¿Te preguntarás de qué se trataba? Pues de los cadáveres de un número incalculable de efímeras. Sus alas, unas sobre otras, cubrían el charco por completo, estaban ajadas por la luz y expandían un fulgor oleoso. Tras la puesta, ese era su cementerio.
Cuando vi aquello tuve la impresión como de recibir un golpe en pleno pecho. Saboreé la alegría sádica del maníaco que viola las sepulturas y ama los cadáveres.
Nada había en ese barranco con lo que gozar. Los ruines señores, los paros, la luz blanca del sol, que las yemas de los árboles azulaban al difuminarla, todo eso no conformaba sino una imagen bastante vaga. Necesitaba esa crueldad: sólo así sobrevino el equilibrio, y, por primera vez, mis imágenes mentales cobraron forma y sentido. Mi corazón se hallaba sediento de melancolía, como un demonio; y para apaciguarlo, era preciso que alcanzara su plenitud.
-¿Te secas las axilas? ¿Sientes sudores fríos? Yo también. Pero no hay razón de preocuparse por ello.Trata de imaginar que eso pegajoso que sientes es exactamente como el esperma. Así nuestra melancolía alcanzará su plenitud.
¡Ah! ¡Bajo los cerezos hay cadáveres enterrrados!
Ignoro de dónde me vino esta ilusión, pero ahora sé que estos cadáveres forman una unidad con los cerezos. Y no importa lo mucho que lo niegue sacudiendo la cabeza, no podré separarme de ellos.
A partir de ahora tengo todo el derecho, como el resto de los habitantes del pueblo, de salir a festejar bajo los cerezos. Así que creo que probaré un poco de sake como anticipo de la fiesta.”
Kajii Motojiro


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